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viernes, 8 de julio de 2011

Chéjov

Camila estaba aburrida en su cuarto, imaginando que el techo era realmente el piso, cuando vio a un pastor inglés con una bufanda azul cruzar corriendo la habitación. Salió de su cuarto en persecución del perro y lo que se encontró la maravilló. Estaba en un laberinto de rosas. Había puentes que decían ser topes, postes que creían ser árboles. Un ejército de ardillas lo controlaban todo. La lluvia era permanente. El cielo estaba cubierto por figuras de mercurio. En su camino se encontró con una hormiga gigante, vestida con un vestido de quinceañera.
-Disculpe señor hormiga -dijo Camila -¿no vió pasar a un perro con una bufanda por aquí?
-En efecto -contesto la hormiga con una voz grave -. Corrió por ahí.
-Muchas gracias.
Camila tomó el sendero al que apuntaba la hormiga gigante, quien ahora vestía una camisa floreada y bermudas. El sendero la llevó a una mesa grande donde había un grupo de señoras tomando el té y jugando scrabble. Jugando con ellas se encontraba el perro de la bufanda azul.
-Chéjov, es tu turno -dijo una de las señoras.
¡Pobre Chéjov! entre tanto pelo no podía ver bien sus fichas, y sus patas no estaban hechas para sujetarlas. Accidentalmente golpeó sus piezas y estas calleron en el tablero formando la palabra "absurdo".
"Absurdo es un perro jugando Scrabble" pensó Camila mientras las señoras reían.
-Uhuhuhu.
Entonces Chéjov volteó. El perro vio a Camila y corrió hacia ella. Camila se arrodilló para recibirlo y lo abrazó mientras todo se desvanecía a su alrededor. Cuando alzó la vista, Camila se vio en su cuarto, acostada en su cama, viendo el techo. Sintió un movimiento bajo su cabeza. Volteó y vio que su almohada era realmente Chéjov, que la había acompañado desde sus sueños. Camila abrazó al perro mientras sonreía ampliamente.

martes, 10 de mayo de 2011

Aini

La tienda de té era pequeña. Sus paredes estaban cubiertas por estantes repletos de muchas varidades de té, así como tazas, teteras y otros accesorios. Cerca de la caja había una canasta con un sólo paquete de té verde Aini. Ciento sesenta decía el precio. Ante la caja, mirando dicha canasta, se encontraba un joven muchacho.
-¿Ciento sesenta? A mí me costó cien pesos más. Igualito el empaque y todo -pensó el joven -.Creo que lo llevaré, sí. Además a mí ya se me acabó.
-Con permiso -dijo una mujer de edad avanzada, acercándose a la caja.
-Este...si -dijo el joven.
-Y esto también -dijo la mujer a la cajera mientras una de sus manos arrugadas se estiraba y tomaba el empaque de Aini.
El joven se quedó mirando la canasta vacía.

lunes, 2 de mayo de 2011

La Bufanda Negra

La noche era fría y húmeda. Una capa de neblina se había posado sobre el mundo. Las calles se encontraban a oscuras debido a un apagón. Era noche de luna nueva. El cielo estaba nublado. No había ni una sola luz. Tiago caminaba por la oscuridad absoluta. No podía ver ni la palma de su mano, sin embargo cuando se cruzó con ella la vió. Era una bufanda negra que yacía en el piso. Estaba en perfectas condiciones, no podía llevar ahí mas de unos minutos. Tiago inmediatamente supuso que la bufanda lo eligió.
Ya con la bufanda rodeando su cuello, Tiago se dió cuenta que la oscuridad a su alrededor no era tan absoluta. De hecho podía ver perfectamente. Continuó su camino con su nuevo tesoro y fue entonces que la vio, una sombra que se acercaba a él. Cuando estuvo a sólo unos pasos de distancia, la sombra le habló.
-Esa bufanda no te pertenece -dijo la sombra.
-Tal vez no antes, pero me ha elegido -respondió Tiago.
-Demuestralo -dijo la sombra.
Tiago, como si siempre hubiera sabido de los poderes misteriosos de la bufanda, alzó una mano. El mundo se volvió más frío, la neblina se intensificó. Del cielo cayó un rayo sobre la sombra y ésta desapareció. El trueno furioso ahogo su grito.
-Muy bien -dijo La Muerte, quien había observado la escena completa desde las sombras.
-Gracias -murmuró Tiago.
-Tener control sobre la muerte, es un gran poder.
-Te controlo -dijo Tiago, sonriendo.
-No, yo ya no soy más -La Muerte empezó a desvaneserse -. Es ahora tu turno.
-¿Mi turno?
-Sí, la bufanda te eligió. Y yo ya no soy más.
La Muerte se desvaneció por completo. Tiago se quedó solo. Trató de deshacerse de la bufanda, pero ésta estaba aferrada a su cuello. Una mujer pasó junto a Tiago y tropezó con algo. Gritó. Tiago dejó de pelear con la bufanda y miró. Ahí donde la mujer había tropezado se encontraba su cuerpo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Una mañana

Parecía una mañana normal, una mañana típica de domingo, sin embargo, había un sentimiento en el aire de que no lo era. Era algo que no se podía ver, ni oler, ni tocar ni escuchar, algo que no se podía pensar. Era incertidumbre, y Manuel la odiaba.
No sabía que tenía por delante, que iba a ocurrir, tampoco sabía que es lo que había ocurrido en el pasado. Estaba perdido, la mañana era como un vacío de razón, un hueco en la vida del cual saldría sólo hasta que el día hubiera acabado.
Salió a caminar por las calles de la ciudad y no entcontró ni a una sola alma. Las tiendas estaban cerradas, no había coches transitando, y el único ruido que se escuchaba era el del viento, corriendo libre por la ciudad.
Regresó a su casa en soledad. Tampoco ahí había nadie. Trató de dormir pero la incertidumbre le abría los ojos. Tenía tantas preguntas en la cabeza, y tantos conflictos. Flataban trece horas para que el día terminase.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Mandarina y té verde

Mario tenía una mandarina pelada en una mano y una taza de té verde en la otra. El cojín de su asiento era suave, y el respaldo de madera era bastante cómodo. La mesa estaba cubierta por papeles y libros, rodeada por sillas vacías a excepción de la silla de Mario. El cuarto estaba templado, vacío de decoraciones, con paredes blancas y pisos de marmol.
Mario extendió ante sí uno de los libros mientras el jugo de la mandarina escurría por sus labios. Sobre la mesa su bebida se enfriaba. Leyó hasta que se hubo terminado la mandarina y fue entonces que tomó el primer sorbo de su té. Pronto se lo termino, pero no el libro. Sus páginas, aunque pocas, eran suficientes para que Mario tuviera que abandonar la lectura en búsqueda de otra mandarina y de otra taza de té.
Volvió a su asiento, dejando la taza descansar en la mesa, ingiriendo uno a uno los gajos de mandarina mientras que continuaba con su lectura. Pronto hubo terminado el libro, pero no la mandarina, y del té ni un sorbo. Tomó otro libro y desde la primera página prosiguió con su velada.

domingo, 6 de febrero de 2011

Música sombría

La música se escuchaba desde aquel cuarto lejano. Era música melancólica, sombría, casi tanto como el corredor que llevaba a la habitación. Era un corredor cubierto por sombras, con cuadros impresionistas decorando las paredes, con muebles antiguos y pisos de madera. Las paredes de piedra gris se alzaban hacia las alturas, terminando en un techo de bóveda muy alto. El corredor era muy largo y delgado, la música lo recorría, las notas danzaban tristemente por el aire, proyectándose desde aquella puerta abierta a medias y deteniéndose, de golpe, ante el cadaver que decoraba el extremo opuesto del corredor.

domingo, 23 de enero de 2011

Perdido

Tengo frío, dijo.
Tengo frío, repitió.
Iré a caminar bajo el sol.
Y así fue que salió de su casa vacía, de su casa tempalda, y se dirigió a donde lo llevaron sus pies. Caminó por sólo diwz minutos y fue entonces que decidió regresar. Sólo había un problema.
¿Donde estoy? se preguntó.
Disculpe, ¿me podría decir donde estoy? le preguntó a un extraño.
¿Y cómo llego a casa?
Claro, se me olvidaba que no sabe donde vivo.
Yo tampoco lo se.
No recuerdo nada.

sábado, 22 de enero de 2011

Del otro lado de la puerta

Mira detrás de esa puerta, vamos, ábrela; ahora dime, ¿qué ves? No tengas miedo. Sí, es como tú. Tiene los mismos ojos, la misma cara, la misma voz, su estatura es tu estatura, su edad es tu edad, es como verse en un espejo.
Háblale. Te repito, no tengas miedo. Sí, te lo prometo.
Es interesante, ¿no? Hablar contigo mismo, debatir tus ideas, vistas desde diferentes puntos de vista, uno desde el corridor iluminado, rodeado de vitrales, un mundo de colores; el otro, desde la oscuridad del armario, aquel que se encuentra detrás de la puerta. Le da una nueva profundidad a tu pensamiento, ¿no es así?
¡Detente, no entres! ¡Te dije que no entraras! Ahora la perspectiva es la misma, las opiniones no variarán, y lo peor, ya no sé cual de los dos es el real.
Ni modo, cerraré la puerta. ¡Estás encerrado!