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miércoles, 16 de febrero de 2011

Mandarina y té verde

Mario tenía una mandarina pelada en una mano y una taza de té verde en la otra. El cojín de su asiento era suave, y el respaldo de madera era bastante cómodo. La mesa estaba cubierta por papeles y libros, rodeada por sillas vacías a excepción de la silla de Mario. El cuarto estaba templado, vacío de decoraciones, con paredes blancas y pisos de marmol.
Mario extendió ante sí uno de los libros mientras el jugo de la mandarina escurría por sus labios. Sobre la mesa su bebida se enfriaba. Leyó hasta que se hubo terminado la mandarina y fue entonces que tomó el primer sorbo de su té. Pronto se lo termino, pero no el libro. Sus páginas, aunque pocas, eran suficientes para que Mario tuviera que abandonar la lectura en búsqueda de otra mandarina y de otra taza de té.
Volvió a su asiento, dejando la taza descansar en la mesa, ingiriendo uno a uno los gajos de mandarina mientras que continuaba con su lectura. Pronto hubo terminado el libro, pero no la mandarina, y del té ni un sorbo. Tomó otro libro y desde la primera página prosiguió con su velada.

domingo, 30 de enero de 2011

La Cueva del Escritor

Sentado en mi sofá, con mis pies alzados y mi computadora en mis piernas, escribo. Ante mi hay un televisor apagado, y la mesa para el café que divide el espacio entre donde yo me encuentro y aquella pantalla negra esta cubierta por un desmadre: hojas, libros, cuadernos, discos, platos sucios, vasos, una vela, una cámara, más libros, bolsas de plástico vacías, y mucho más. Es aquí, ante esta mesa y en este sofá, donde hago mi vida.
Suena el piano sutilmente, pero no hay nadie sentado en la banca que se encuentra ante él. Es más como un lamento, una necesidad a ser tocado, acariciado, una nota melancólica que muy pocas personas pueden oir. Ante el piano se encuentra otro sofá, reclinable, se puede transformar en cama, y sobre éste hay una pequeña repiza cubierta de libros, todos rojos, todos clásicos.
Hay más libros en otras repizas y en otros muebles, inclusive en la mesa del comedor que es muy rara vez usada para comer, ahí hay quien estudia, pero yo no, yo estudio en el sofá, escribo en el sofá, con mis pies alzados en la mesa para el café, mis pies uniéndose al caos que sobre ella yace.
Si se inspecciona con cuidado, hay muchos más objetos a los antes mencionados: una baraja vieja, otra más nueva, y a la que se le derramó el trago de vodka; también hay dominós, uno cubano y varios regulares; hay un sintetizador, hay una guitarra, un amplificador; lámparas, tapetes, las ventanas cubiertas por cortinas; ¿mencioné los cuadros?, ¿o las plantas?, ¿más papeles?, ¡Medicinas! Pareciera una farmacia entera.
Así es la cueva, como la llama un amigo, "La Cueva del Escritor." El punto de reunión por excelencia de dos filósofos errantes. Aquí se escribió el manifiesto, aquí se escribió la mancha, el otro manifiesto, y el jardín de los pensamientos. Entre el desorden, aqui nace la inspiración.
La Cueva del Escritor, un caos ordenado.