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martes, 6 de marzo de 2012

Fuego


"Los miramos desafiantes, aun
burlándonos de ellos. Nos reímos de
lo que creyeron, de la facilidad con que
creyeron, reímos. Nos golpean aún más fuerte,
nos gritan maldiciones, reímos."

"Te odio.
Los cañones me observan, acusándome.
Traidor me dicen, no puedo evitar el sonreír.
¿Cómo pudiste? ¿Por qué?
La belleza del caos los elude, y me odian."

Fuego es un canto al caos, es un poema sobre un grupo de anarquistas y la reflexión de uno mientras son apuntados por "mil cañones". Pero en vez de leer sobre él, mejor leerlo, digo yo. Está en Scribd.

domingo, 23 de octubre de 2011

Debraye sobre distracción no. 42

Me distraigo. No tiene nada que ver con aquellos ruidos que vienen de la habitación contigua, ni los de la calle, ni los que hacen los insectos. No tiene que ver con todos esos bichos que escalan mi cuerpo mientras trato de escribir, ni con el hambre que me asota, ni la sed que me reclama. tampoco tiene que ver con el frío que hace, ni con el calor excesivo que me dan mis cobijas. Soy yo. Es mi culpa. Yo me distraigo. Mi mente se ocupa en otras cosas sin aterrizar nada. No es el sueño, es el deseo, son las pesadillas que llenan mi cabeza. Sobre todo es mi voluntad, que si bien podría mandarla a callar, no lo hago. Me torturo a mi mismo. Hace falta disciplina. Hace falta, pues me distraigo.

domingo, 30 de enero de 2011

La Cueva del Escritor

Sentado en mi sofá, con mis pies alzados y mi computadora en mis piernas, escribo. Ante mi hay un televisor apagado, y la mesa para el café que divide el espacio entre donde yo me encuentro y aquella pantalla negra esta cubierta por un desmadre: hojas, libros, cuadernos, discos, platos sucios, vasos, una vela, una cámara, más libros, bolsas de plástico vacías, y mucho más. Es aquí, ante esta mesa y en este sofá, donde hago mi vida.
Suena el piano sutilmente, pero no hay nadie sentado en la banca que se encuentra ante él. Es más como un lamento, una necesidad a ser tocado, acariciado, una nota melancólica que muy pocas personas pueden oir. Ante el piano se encuentra otro sofá, reclinable, se puede transformar en cama, y sobre éste hay una pequeña repiza cubierta de libros, todos rojos, todos clásicos.
Hay más libros en otras repizas y en otros muebles, inclusive en la mesa del comedor que es muy rara vez usada para comer, ahí hay quien estudia, pero yo no, yo estudio en el sofá, escribo en el sofá, con mis pies alzados en la mesa para el café, mis pies uniéndose al caos que sobre ella yace.
Si se inspecciona con cuidado, hay muchos más objetos a los antes mencionados: una baraja vieja, otra más nueva, y a la que se le derramó el trago de vodka; también hay dominós, uno cubano y varios regulares; hay un sintetizador, hay una guitarra, un amplificador; lámparas, tapetes, las ventanas cubiertas por cortinas; ¿mencioné los cuadros?, ¿o las plantas?, ¿más papeles?, ¡Medicinas! Pareciera una farmacia entera.
Así es la cueva, como la llama un amigo, "La Cueva del Escritor." El punto de reunión por excelencia de dos filósofos errantes. Aquí se escribió el manifiesto, aquí se escribió la mancha, el otro manifiesto, y el jardín de los pensamientos. Entre el desorden, aqui nace la inspiración.
La Cueva del Escritor, un caos ordenado.