Tu voz es un misterio: me pregunto
Qué oculta, que belleza esconde en
Su elcocuencia. Me imagino un violín,
Su música, así como tus ojos, tu boca,
Son reflejo de las nubes blancas,
Del agua cristalina, de valles verdes.
Sueño con tu voz, la escucho y la sé
Preciosa, pero no le hago justicia.
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viernes, 7 de octubre de 2011
lunes, 3 de octubre de 2011
Tus ojos
Son tus ojos dos bellas almedras
Brillantes cual luz de mil estrellas.
Háblame, hermosa, déjame escuchar
La dulce armonía de tu voz. Déjame
Robar, por tan sólo un segundo,
Tu atención. Para mí será eterno,
Y ni el tiempo ni el desén podrán
Borrar aquellos ojos, ni aquella voz.
Brillantes cual luz de mil estrellas.
Háblame, hermosa, déjame escuchar
La dulce armonía de tu voz. Déjame
Robar, por tan sólo un segundo,
Tu atención. Para mí será eterno,
Y ni el tiempo ni el desén podrán
Borrar aquellos ojos, ni aquella voz.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Música
La música sonaba en el fondo de su alma, música alegre y, para él, hermosa; pero en el cuarto en el que se encontraba no sonaba ninguna música, el cuarto estaba en silencio.
El cuarto era sencillo, un cajón rectangular, pequeño, con una puerta y nada más. De las paredes, la pintura colgaba, vieja, como si estuvieran las paredes tapizadas de flores marchitas.
El esperaba erguido en el centro del cuarto. Sus ojos cafés estaban desenfocados mientras él pensaba en la música de su interior; su pelo era largo y castaño y caía sobre sus hombros como una cascada.
Su pie comenzó a moverse al ritmo de la música, despegándose del piso y luego cayendo con fuerza. Sus palmas se juntaron y produjeron un aplauso. Él repitió con ritmo dichas percuciones, una y otra vez.
Al poco rato se unió su voz, produciendo ruidos extraños que imitaban aquella música en su interior; voz y percuciones se unieron para formar una canción. El cuarto ya no estaba en silencio.
El cuarto era sencillo, un cajón rectangular, pequeño, con una puerta y nada más. De las paredes, la pintura colgaba, vieja, como si estuvieran las paredes tapizadas de flores marchitas.
El esperaba erguido en el centro del cuarto. Sus ojos cafés estaban desenfocados mientras él pensaba en la música de su interior; su pelo era largo y castaño y caía sobre sus hombros como una cascada.
Su pie comenzó a moverse al ritmo de la música, despegándose del piso y luego cayendo con fuerza. Sus palmas se juntaron y produjeron un aplauso. Él repitió con ritmo dichas percuciones, una y otra vez.
Al poco rato se unió su voz, produciendo ruidos extraños que imitaban aquella música en su interior; voz y percuciones se unieron para formar una canción. El cuarto ya no estaba en silencio.
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